Friday, December 02, 2005

Discurso de despedida, Licenciatura 2005

Autoridades presentes; Sr. Rector del Instituto Nacional, don Omar Letelier Ramírez [lease con abucheo generalizado del respetable]; Sres. Profesores; Sres. Padres y Apoderados de 4ºs de E. Media; y, principalmente, compañeros todos:

Hoy es un día de fiesta para Chile. Hoy nuestro país se viste con sus mejores galas para recibir a una nueva generación de institutanos que emergen a la dura batalla de la vida, desde este viejo y querido edificio de Arturo Prat 33. Su fachada es gris y resquebrajada pero su interior es multicolor y luminoso, indestructible e imperecedero.

En este momento surgen, inevitables, como ráfagas, los recuerdos individuales y colectivos de esta, nuestra Generación 2005, que evoca sus vivencias en estas aulas y en estos patios. Revivimos en nuestra mente los partidos en Calama con pelotas de plástico, las bromas y apodos en los cursos, los amigos y los no tanto, las anécdotas con profesores, la convivencia a veces grata y a veces difícil con los inspectores, auxiliares y funcionarios; en fin, tantos momentos vividos que se agolpan en nuestra mente y se funden en dos palabras: Instituto Nacional.

Pero, más allá de aquello, dos son las preguntas que afloran en este último momento en que humanistas, matemáticos y biólogos nos vemos las caras como alumnos y como compañeros, porque, entre paréntesis, institutanos seremos siempre, aunque suena a cliché, para bien o para mal, los institutanos nos reconocemos como miembros de una misma familia, a través de una experiencia sensorial cuya impronta va más allá de las palabras.

Compañeros: Hoy pasamos del umbral de la vida escolar a la categoría de ex-alumnos. ¿Qué tipo de ex estudiantes debemos ser? El que aquí vivimos: auténticos y responsables, tolerantes y solidarios. Jamás debemos caer en el extremo del llamado “chovinista institutano”. ¿Quién es él? Es aquel cuyo “amor” al colegio resulta a la larga ser pernicioso, pues se caracteriza por dos actitudes erróneas que a la larga resultan fatales:

En primer lugar, sentirse parte de una suerte de “elite”, que mira en menos al resto que lo rodea y se escuda en su insignia ante las dificultades, generando en su entorno social el infamante paradigma del institutano soberbio, egocéntrico y pseudo intelectual, el cual, seamos sinceros, todos sabemos que lamentablemente existe, y por lo mismo urge que sepamos modificarlo.

En segundo lugar, aferrarse a la nostalgia en forma tan obsesiva que se termina por justificar lo injustificable; no tener un compromiso decidido con el colegio y sus tentativas de cambios positivos ya sea en infraestructura o en ámbitos más humanos y pedagógicos, bajo aquel espurio razonamiento “es lo que me tocó sufrir, las nuevas generaciones también deben sufrirlo”.

Debemos querer y defender a nuestro colegio, pero este cariño debe manifestarse en forma auténtica y correcta; no sólo en el brindis de honor en cada nuevo Aniversario el día 10 de Agosto, sino en una actitud y presencia continua como manifestación de agradecimiento permanente por las herramientas que esta institución nos ha dado para configurar en forma autónoma nuestros valores, nuestro criterio y nuestra personalidad.

¿Cómo lograrlo? Justamente actuando en forma opuesta al chovinista, es decir, enalteciendo al Instituto en nuestra vida cotidiana con una inquietud cultural e intelectual constante, acompañada de una actitud deferente e integradora y, además, manteniéndonos atentos a nuestro colegio, abiertos a su progreso, apoyando y promoviendo iniciativas positivas, criticando, cuando sea necesario, todo lo dudoso, negativo e inconsistente, siempre con el fin supremo de engrandecer al Instituto Nacional.

Hace algunos momentos hablé del colegio como una fachada gris con interior multicolor. Es así, justamente, multicolor y heterogéneo, como la gente que lo compone: desde el pobre hasta el rico, desde la izquierda hasta la derecha, desde el católico hasta el ateo. Vivimos todos el fenómeno casi único de la coexistencia fraternal, con un vínculo emocional ajeno a cualquier tipo de sectarismo que no sea el de la empatía simple, sin ningún prejuicio socio-cultural, en el marco de una auténtica tolerancia. Esa es la gran virtud de nuestra institución, no los puntajes nacionales ni otros datos estadísticos que, al fin y al cabo, se los lleva el viento. La gran cualidad del Instituto Nacional es ser una verdadera escuela de vida, donde por sobre todas las cosas es lo empírico lo que nos permite crecer, sobrellevar las dificultades y salir adelante. Lamentablemente este maravilloso fenómeno social que se da en nuestro colegio es cada vez menos frecuente en la sociedad contemporánea, tan estratificada y discriminatoria.

Surge entonces la segunda pregunta ineludible: ¿Está bien que el Instituto Nacional sea una curiosa y única excepción dentro de la educación chilena en general? Si bien esta situación a muchos llena de orgullo, lo cierto es que ad portas del bicentenario nacional y de nuestro colegio, no puede ni debe continuar así. Este hecho debe llevarnos a una reflexión profunda, de preocupación por la regla funesta que dicha excepción está confirmando, y sobretodo motivar un afán incansable por cambiarla. No es que debamos estancarnos, pero algo debemos tener claro: la historia nos llama a ser gestores de un cambio y un progreso verdaderos, ciudadanos que engrandezcan la nación. Tenemos la obligación de ir a la vanguardia, de ser transformadores de la realidad y no simples reproductores de esta, adaptados como autómatas a los paradigmas de la sociedad actual. Nuestra meta es ser constructores de un Chile y un mundo más justo, y esta transformación parte insoslayablemente por la educación.

Es deber fundamental de nosotros, nueva generación de institutanos que hoy emergemos de la seguridad de las aulas para enfrentarnos a la incertidumbre de la vida, actuar siempre en forma constructiva para lograr este tan necesario cambio de nuestro país y del mundo actual. Solo así veremos cumplido el ideal fundacional que nos legó Fray Camilo Henríquez: “El gran fin del Instituto es dar a la Patria ciudadanos que la defiendan, la dirijan, la hagan florecer y le den honor”.

Muchas gracias


Notas al margen:

1. Este discurso también se puede encontrar en http://mimamaeslesbiana.blogspot.com

2. El Monxo me instó a publicarlo en MMEL, ni se me había ocurrido -para que no se diga que la ando quebrando ni cosa que se parezca-, pero me pareció buena idea. Y de pasadita hacerlo también en mi blog.

3. Quizá lo publiquen también en www.institutanos.com (se acercó el Presidente del CEAIN a pedírmelo pa ponerlo), pero con algunas palabras y frases distintas porque esto que publico aquí es lo que dije textual, dentro de lo cual hay varias notitas y flechas hechas a lapiz o simplemente frases que surgieron de mi boca al estar en el proscenio; en cambio, institutanos.com solo tiene el papelito que me pidieron en el momento.

4. Por cierto, el original era más extenso, y Villagra me pidió que lo acortara, so pretexto de que a todos los que hablaran les pidió lo mismo. Mentira: Lucho Elmes habló como 20 minutos -excelente discurso hasta donde lo logré escuchar-. Aclaro, eso si, que tampoco era mi idea dar la lata y no encuentro que yo haya hablado poco, solo doy constancia de lo chanta que es Villagra.

5. Bien mala idea hacerlo en la noche. La gente quería puro irse y taba cagá de hambre y pa que hablar del frío. En cuanto a esto último, la tan famosa carpa que iba a haber, resulta que se desplomó por completo cuando la instalaron (Jueves en la noche), ergo, cagó.

6. Un tremendo abrazo a la distancia para alguien que no pudo estar en la graduación debido a que el Jueves lo operaron de apendicitis: te quiero caleta Pollo, mejórate pronto.

7. Y... eso, gracias a los que me pescaron, y también a los que no. Los quiero caleta, y se viene la patá en la gala del Gran 4ºI Humanista 2005. Por cierto, fuimos los primeros en armar distorción al subir al escenario (2+2...3!!), antes los cursos subían seriecitos, de ahí se soltaron.

1 Comments:

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