Friday, December 24, 2004

Día 24

Se me había olvidado que tenía esta paginita. Bueno, ahora que me acordé me dieron ganas de publicar algo pero no de escribir, así que haré caso a ciertas sugerencias en tono de crítica y publicaré un cuento creado hace algunos meses. Además, viene a tono con la fecha. Se llama "Día 24", ahí va, se esperan críticas varias:

Vientos huracanados y tempestuosos, nieve cayendo copiosa e inacabable como si una mano invisible recogiera parte de la que hay en el suelo y la arrojara, para luego volver a recogerla formando así un gélido ciclo vital, y un frío que cala los huesos y se mete como una bacteria congelando hasta la última fibra de las entrañas de los seres vivientes, marcan el paisaje y la vida en la quietud del polo. Quietud que, sin embargo, en las postrimerías de cada año se quiebra temporalmente con el ruido de los barcos y –en las últimas décadas- aviones que llegan masivamente desde todos los rincones del orbe, que cada año son más y vienen más repletos con millares de cartas dirigidas hacia un solo individuo.

El viejo Nicolás vivía en una cabaña grande perdida en el polo, con una pesebrera al lado de ella donde abrigaba y alimentaba a sus animales. Antiguamente dedicaba todo el año a construir con sus propias manos hermosos y sencillos juguetes junto a sus compañeros duendes, para en Diciembre realizar un largo recorrido repartiendo el fruto de su trabajo por todo el planeta, sin distinguir razas, clases sociales o colores políticos. Pero esos viejos tiempos habían quedado atrás. Cada año que pasaba, aún contra el hambre, la pobreza y las sostenidas masacres en los más diversos rincones del globo, la población mundial parecía aumentar como una manada de conejos, haciendo que, aún teniendo todo un año para ello, su trabajo y el de sus asistentes no diera abasto para satisfacer una demanda de tal magnitud.

Mas ese no fue su único problema en las últimas décadas. Las modernas tecnologías llegaban paulatina y progresivamente a las calles y las casas, para gobernar en gloria y majestad las mentes y las vidas cotidianas de las sociedades. Las muñecas de algodón, impedidas de hablar, caminar, estornudar u orinar, poco a poco ocupaban lugares cada vez más bajos en el viejo baúl de los juguetes; las pelotas de cuero o de trapo, carentes de los equipos y las múltiples opciones de juego que poseen los últimos simuladores de fútbol de las modernas consolas, se cubrían de polvo y tierra en un rincón del patio. Las hábiles manos del vetusto Nicolás y sus amigos no eran capaces de programar computadores o armar complicados circuitos únicamente con la materia prima que habían utilizado en los viejos tiempos.

El solucionar este problema requirió un intenso trabajo del anciano y su personal: debieron soportar horas de esperas, secretarias que los tramitaban y cuando les decían quienes eran solo atinaban a reír –ya no creían en esas cosas-, pero finalmente su estoico esfuerzo fue paulatinamente dando frutos: entre oficinas, informes, proyectos y powerpoints, lograron posicionarse poco a poco y establecer buenas negociaciones con importantísimos capitalistas y comerciantes mundiales, persuadiéndolos finalmente de realizar una fuerte campaña de imagen para así potenciar el mito del viejo, a fin de que mucha gente le pidiera regalos, enviándole dinero, del cual daría un porcentaje a las multitiendas a cambio de que estas le suministraran productos y materiales para fabricarlos.

Y ahora viene otra fiesta navideña más, y la rutina acostumbrada para aquella época del año. Inicialmente, en los tiempos ya idos, el trabajo se limitaba a leer cada carta, anotar organizadamente cada dirección con su respectivo regalo, y llevarlo el día 24 en la noche –poco antes de medianoche-, pero ahora su labor es algo más compleja y ciertamente más aburrida. Abrió una carta, y antes de mirar siquiera la caligrafía del pequeño mensajero en una hoja de cuaderno, hurgueteó en el sobre con insistencia, unas tres veces, pero no encontró lo que buscaba, así que sin siquiera mirarla la utilizó para alimentar el fuego que crepitaba en la salamandra que poseía en su estudio.

Luego abrió otra, y nuevamente hurgó en el sobre antes de mirar siquiera la hoja, blanca y más limpia que la anterior, pero a los pocos segundos encontró lo que quería, de modo tal que procedió a leer la carta, anotando en su computador –también otorgado por las multitiendas como parte del trato- la dirección y los regalos que pedía el niño en cuestión. Así, durante tres días llevó a cabo este proceso –y los duendes hicieron lo mismo- con todas las cartas: si adjuntaban efectivo, algún cheque o algún comprobante de depósito –también tenía cuenta corriente el anciano-, la leían anotando la dirección y los regalos; de no ser así, simplemente la tiraban al fuego o a la basura, total, estos remitentes creerían que todo es por culpa de ellos, que hicieron alguna travesura o no se comieron la comida un par de veces. Hecho esto, comenzaron la soporífera labor, que les tomó otros tres días, de clasificar los regalos, según destinatario, uno por uno –o varios por varios, según hubiera pedido cada pequeño y según el dinero que hubiera en el sobre-.

Y finalmente llegó el día 24. Se levantó temprano, pues la medianoche ocurría en momentos distintos según cada rincón del mundo. Su esposa le preparó una apetitosa colación para el viaje, el viejo fue sacando a los renos de la pesebrera para que se habituaran a la temperatura y así no sufrieran algún contratiempo muscular en el camino, repasó varias veces la lista y el saco, cuidando que todo estuviera bien clasificado, en fin, se preparó a conciencia como todos los años para realizar su faena. Finalmente, alrededor de las 9 de la mañana, se puso el abrigo rojo que le confeccionó uno de los comerciantes y decidió partir rumbo al oriente, donde anochecía primero.

Montado en su majestuoso trineo tirado por aquellos legendarios renos llevó a cabo su recorrido, calculando el tiempo rigurosamente para llegar siempre a medianoche a cada destino. Primero fueron las islas polinésicas, luego pasó por Oceanía, después el sudeste asiático, siguiendo con los países de la ex Unión Soviética –hace solo un par de décadas comenzó a llevarles regalos-, se saltó Medio Oriente porque era parte del trato con los capitalistas –son sus enemigos- y además porque allí no creen en él, y pasó directamente a Europa. Luego de finalizar su periplo por el Viejo Continente, tomó rumbo hacia el sur para llegar a África, lo cual no le quitó mucho tiempo ya que fueron pocos los sobres con dinero que llegaron desde allí.

Terminada la breve entrega en el continente negro, emprendió rumbo al noroeste, para comenzar por América de norte a sur. Fue dificultoso llevar a cabo su labor en los tiempos adecuados, pues, luego de pasar por Canadá, en Estados Unidos debió apurarse en extremo para entregar tal cantidad de regalos en el menor tiempo posible. Luego giró el trineo hacia el sur y, dando un par de latigazos a los renos para apresurarlos, pasó a México, luego recorrió toda Centroamérica y el Caribe –exceptuando a Cuba, por la misma razón que Medio Oriente-, luego siguió descendiendo hacia las llanuras de Colombia y Venezuela, las selvas de Brasil y Ecuador, las alturas de Perú y Bolivia, las pampas de Paraguay, Uruguay y Argentina, y finalmente al austral Chile, pasando del árido desierto hasta los glaciares eternos del sur.

Finalizado ya el largo y agotador viaje por el mundo, emprendió satisfecho el camino hacia su casa, pensando en su merecido descanso, sin preocuparse de los numerosos niños que lloraban desconsoladamente varios kilómetros más abajo, con la desilusión de ver como el destino quiso una vez más que la “Pascua Feliz Para Todos” que tan ampulosamente prometieran los letreros de las tiendas, las cancioncitas en la radio y los spots en la televisión, no fuera extensiva hacia ellos.

Thursday, December 02, 2004

La leyenda del país solidario

Año tras año –aunque algunas veces no se lleva a cabo- vemos realizarse uno de los eventos más grandilocuentes, sino el más, que conocen las instituciones de caridad; ¿que otra sino la famosa “Teletón”, de creación chilena y ya exportada hacia otros países, genera mayor cantidad de atención mediática y mueve más cantidades de gente y, consecuencialmente, de dinero, en tan poco tiempo? Cada año, más o menos desde comienzos de Noviembre comienza el bombardeo comunicacional, diarios, radios y canales de televisión se lanzan de lleno cubriendo los pormenores de esta “cruzada solidaria”. “Faltan X días para la Teletón”, “Compre los productos que están en Teletón”, que el tren por todo el país, y tantas otras actividades de marketing que muchas veces causan repulsión. No pocas familias se proponen no poner absolutamente nada de dinero para esta colecta nacional.

Pero llega el día, cadena nacional –quienes tienen cable lo valorarán más que nunca-, y la sensibilidad de la mayoría de estos “insensibles” sufre un brusco cambio. Comenzará con desgarradores testimonios de algún niño o niña símbolo escogida para la ocasión, que siempre acabarán mostrando la tremenda ayuda que la Fundación Pro Ayuda al Niño Lisiado –si, así se llama realmente, ¿o creían que una institución seria puede llamarse “Teletón”?- le ha otorgado en su proceso de recuperación de vaya uno a saber qué mal le incrust{o el destino a la vida de aquel pobre muchacho. Mientras las dueñas de casa se secan las lágrimas y todos miran con los ojos fijos la televisión aún recuperándose del impacto, alguien cantará el “himno” compuesto para la ocasión, y luego aparece el triunfante Don Francisco y todo el séquito de figuras televisivas de turno a entregar algún mensaje de aliento a colaborar.

El resto transcurre en forma impresionantemente lenta, pero siempre siguiendo aquella estructura rígida. Que los concursos, que algún político haciendo el ridículo bailando u otra práctica risible –notable la Gladys al negarse a darle un beso a Lavín-, que la Vedetón –EL momento erótico del año... hace 25 años atrás; el advenimiento del cable acabó con su sentido-, que el segmento de programas infantiles –con aquel desesperante y añejo “levántate papito...”-, más concursos, partidos de fútbol, pruebas irrisorias de todo tipo, contactos en directo con todas partes de Chile, en fin, todo un kitsch espectáculo matizado con más testimonios incrustados, el eterno cantito “veinticuatro mil quinientos raya cero tres” donaciones de empresas y personas importantes, y lastimeros llamados a colaborar –todos los años “están muy lejos de la meta” hasta como tres horas antes del final-.

Y llega aquel magno evento de clausura en el Estadio Nacional. Una inmensa multitud viendo un espectáculo de dudosa calidad, más donaciones gigantescas y sorpresivas, más llamados a colaborar –con la misma expresión suplicante-, cánticos varios y así pasa y pasa la hora. Se logra la meta, las figuritas televisivas se pegan codazos para sacarse una foto con Don Francisco quien se ve triunfante y sonriente, este da un discurso donde resalta que Chile es un país solidario y que la Teletón une a los chilenos, carros alegóricos, fuegos artificiales, fiesta, y luego todo se acaba. Todos los chilenos se sienten orgullosos, se sienten más solidarios, los más solidarios en el mundo, uno de los mitos nacionales se potencia, tal como la bandera más hermosa y el mejor himno después de la Marsellesa.

Pero ¿somos realmente un país solidario? La respuesta es no. Un país solidario no necesita que se le haga toda una fastuosa campaña mediática para incentivarlo a colaborar, lo haría por su cuenta. Un país solidario no necesita que se le imponga una meta determinada, colaboraría realmente hasta más no poder para así lograr incluso mucho más. En un país solidario las grandes empresas realmente donarían dinero, no utilizarían comercialmente un evento como la Teletón para aumentar sus ventas, pagar menos impuestos y entregar donaciones que no son más que dinero de la gente que consume sus productos.

¿Por qué entonces se nos inventa este mito de que somos un país solidario? Simplemente porque el chileno es tremendamente competitivo, y necesita sentirse ganador en algo, y como no somos un país plagado de triunfos deportivos como Argentina, se deben inventar triunfos, aunque sean ficticios; de esta forma se tejen todas aquellas leyendas patrioteras como el desierto más seco, el vino más rico, la bandera más linda o el segundo mejor himno. Uno de estos es el país más solidario, el cual es brillantemente aprovechado por los Don Francisco y compañía: estimulan la competitividad de la gente al imponerle una meta, además del afán de reforzar la leyenda del país con la gente más generosa y solidaria del mundo.

A través de estas líneas se hace el llamado a colaborar, no sólo con la Fundación Pro Ayuda al Niño Lisiado, sino con otras instituciones de caridad. Pero que sea una actitud generosa constante en la medida de lo posible, durante todo el año, no solo para las grandes ocasiones. Para que realmente sea un acto de solidaridad y no por inercia, para que los grandes triunfadores no sean McDonalds ni Don Francisco, sino realmente los niños de la Teletón, y la leyenda del país solidario se vuelva realidad, para dicha de los enfermos y los más necesitados.