Día 24
Se me había olvidado que tenía esta paginita. Bueno, ahora que me acordé me dieron ganas de publicar algo pero no de escribir, así que haré caso a ciertas sugerencias en tono de crítica y publicaré un cuento creado hace algunos meses. Además, viene a tono con la fecha. Se llama "Día 24", ahí va, se esperan críticas varias:
Vientos huracanados y tempestuosos, nieve cayendo copiosa e inacabable como si una mano invisible recogiera parte de la que hay en el suelo y la arrojara, para luego volver a recogerla formando así un gélido ciclo vital, y un frío que cala los huesos y se mete como una bacteria congelando hasta la última fibra de las entrañas de los seres vivientes, marcan el paisaje y la vida en la quietud del polo. Quietud que, sin embargo, en las postrimerías de cada año se quiebra temporalmente con el ruido de los barcos y –en las últimas décadas- aviones que llegan masivamente desde todos los rincones del orbe, que cada año son más y vienen más repletos con millares de cartas dirigidas hacia un solo individuo.
El viejo Nicolás vivía en una cabaña grande perdida en el polo, con una pesebrera al lado de ella donde abrigaba y alimentaba a sus animales. Antiguamente dedicaba todo el año a construir con sus propias manos hermosos y sencillos juguetes junto a sus compañeros duendes, para en Diciembre realizar un largo recorrido repartiendo el fruto de su trabajo por todo el planeta, sin distinguir razas, clases sociales o colores políticos. Pero esos viejos tiempos habían quedado atrás. Cada año que pasaba, aún contra el hambre, la pobreza y las sostenidas masacres en los más diversos rincones del globo, la población mundial parecía aumentar como una manada de conejos, haciendo que, aún teniendo todo un año para ello, su trabajo y el de sus asistentes no diera abasto para satisfacer una demanda de tal magnitud.
Mas ese no fue su único problema en las últimas décadas. Las modernas tecnologías llegaban paulatina y progresivamente a las calles y las casas, para gobernar en gloria y majestad las mentes y las vidas cotidianas de las sociedades. Las muñecas de algodón, impedidas de hablar, caminar, estornudar u orinar, poco a poco ocupaban lugares cada vez más bajos en el viejo baúl de los juguetes; las pelotas de cuero o de trapo, carentes de los equipos y las múltiples opciones de juego que poseen los últimos simuladores de fútbol de las modernas consolas, se cubrían de polvo y tierra en un rincón del patio. Las hábiles manos del vetusto Nicolás y sus amigos no eran capaces de programar computadores o armar complicados circuitos únicamente con la materia prima que habían utilizado en los viejos tiempos.
El solucionar este problema requirió un intenso trabajo del anciano y su personal: debieron soportar horas de esperas, secretarias que los tramitaban y cuando les decían quienes eran solo atinaban a reír –ya no creían en esas cosas-, pero finalmente su estoico esfuerzo fue paulatinamente dando frutos: entre oficinas, informes, proyectos y powerpoints, lograron posicionarse poco a poco y establecer buenas negociaciones con importantísimos capitalistas y comerciantes mundiales, persuadiéndolos finalmente de realizar una fuerte campaña de imagen para así potenciar el mito del viejo, a fin de que mucha gente le pidiera regalos, enviándole dinero, del cual daría un porcentaje a las multitiendas a cambio de que estas le suministraran productos y materiales para fabricarlos.
Y ahora viene otra fiesta navideña más, y la rutina acostumbrada para aquella época del año. Inicialmente, en los tiempos ya idos, el trabajo se limitaba a leer cada carta, anotar organizadamente cada dirección con su respectivo regalo, y llevarlo el día 24 en la noche –poco antes de medianoche-, pero ahora su labor es algo más compleja y ciertamente más aburrida. Abrió una carta, y antes de mirar siquiera la caligrafía del pequeño mensajero en una hoja de cuaderno, hurgueteó en el sobre con insistencia, unas tres veces, pero no encontró lo que buscaba, así que sin siquiera mirarla la utilizó para alimentar el fuego que crepitaba en la salamandra que poseía en su estudio.
Luego abrió otra, y nuevamente hurgó en el sobre antes de mirar siquiera la hoja, blanca y más limpia que la anterior, pero a los pocos segundos encontró lo que quería, de modo tal que procedió a leer la carta, anotando en su computador –también otorgado por las multitiendas como parte del trato- la dirección y los regalos que pedía el niño en cuestión. Así, durante tres días llevó a cabo este proceso –y los duendes hicieron lo mismo- con todas las cartas: si adjuntaban efectivo, algún cheque o algún comprobante de depósito –también tenía cuenta corriente el anciano-, la leían anotando la dirección y los regalos; de no ser así, simplemente la tiraban al fuego o a la basura, total, estos remitentes creerían que todo es por culpa de ellos, que hicieron alguna travesura o no se comieron la comida un par de veces. Hecho esto, comenzaron la soporífera labor, que les tomó otros tres días, de clasificar los regalos, según destinatario, uno por uno –o varios por varios, según hubiera pedido cada pequeño y según el dinero que hubiera en el sobre-.
Y finalmente llegó el día 24. Se levantó temprano, pues la medianoche ocurría en momentos distintos según cada rincón del mundo. Su esposa le preparó una apetitosa colación para el viaje, el viejo fue sacando a los renos de la pesebrera para que se habituaran a la temperatura y así no sufrieran algún contratiempo muscular en el camino, repasó varias veces la lista y el saco, cuidando que todo estuviera bien clasificado, en fin, se preparó a conciencia como todos los años para realizar su faena. Finalmente, alrededor de las 9 de la mañana, se puso el abrigo rojo que le confeccionó uno de los comerciantes y decidió partir rumbo al oriente, donde anochecía primero.
Montado en su majestuoso trineo tirado por aquellos legendarios renos llevó a cabo su recorrido, calculando el tiempo rigurosamente para llegar siempre a medianoche a cada destino. Primero fueron las islas polinésicas, luego pasó por Oceanía, después el sudeste asiático, siguiendo con los países de la ex Unión Soviética –hace solo un par de décadas comenzó a llevarles regalos-, se saltó Medio Oriente porque era parte del trato con los capitalistas –son sus enemigos- y además porque allí no creen en él, y pasó directamente a Europa. Luego de finalizar su periplo por el Viejo Continente, tomó rumbo hacia el sur para llegar a África, lo cual no le quitó mucho tiempo ya que fueron pocos los sobres con dinero que llegaron desde allí.
Terminada la breve entrega en el continente negro, emprendió rumbo al noroeste, para comenzar por América de norte a sur. Fue dificultoso llevar a cabo su labor en los tiempos adecuados, pues, luego de pasar por Canadá, en Estados Unidos debió apurarse en extremo para entregar tal cantidad de regalos en el menor tiempo posible. Luego giró el trineo hacia el sur y, dando un par de latigazos a los renos para apresurarlos, pasó a México, luego recorrió toda Centroamérica y el Caribe –exceptuando a Cuba, por la misma razón que Medio Oriente-, luego siguió descendiendo hacia las llanuras de Colombia y Venezuela, las selvas de Brasil y Ecuador, las alturas de Perú y Bolivia, las pampas de Paraguay, Uruguay y Argentina, y finalmente al austral Chile, pasando del árido desierto hasta los glaciares eternos del sur.
Finalizado ya el largo y agotador viaje por el mundo, emprendió satisfecho el camino hacia su casa, pensando en su merecido descanso, sin preocuparse de los numerosos niños que lloraban desconsoladamente varios kilómetros más abajo, con la desilusión de ver como el destino quiso una vez más que la “Pascua Feliz Para Todos” que tan ampulosamente prometieran los letreros de las tiendas, las cancioncitas en la radio y los spots en la televisión, no fuera extensiva hacia ellos.
